Vicius No Direction Home

(on the road)

Mes: enero, 2016

Con Shakespeare y Cervantes en el puto desierto

Te aseguro que si te parece que un día en el desierto puede llegar a ser una experiencia fascinante no pensarías lo mismo si la jornada empieza después de haber dormido menos que el cartón de un sin techo en la Puerta del Sol de Madrid la madrugada de Ano Nuevo. Porque siendo así, la experiencia es lo más parecido a un descenso a los infiernos.

Porque el desierto, como su propio nombre indica, está totalmente desierto, salvo algún ocasional camello y, claro, los divertidos excursionistas a los que pareciera que les hubiera tocado un boleto en la tómbola de la feria del pueblo.
Con déficit de horas de sueño todo parece irreal, tan irreal como que ya empiezas el día no teniendo muy claro si es que llegas demasiado pronto al desayuno o muy tarde a la cena.
Porque el desierto, por si no lo sabías, está muy lejos. Tan lejos como que hay que levantarse muy temprano para llegar a una hora razonable en la que el sol asesino no esté todavía demasiado despierto.
Una vez en él, no es que haya muchas cosas que hacer, salvo pensar en que el desierto está totalmente desierto. Estás tu… y el desierto, es decir, la nada salvo arena (y además mis gafas de lejos que, claro, allí no me servían de nada porque allá lejos tampoco había otra cosa que más desierto…)

El desierto sirve para hacerse fotos. Fotos tuyas en el desierto. Las fotos del desierto son chulas, porque cualquier cosa que lleves al cuello destaca mucho más, pues, como ya se dijo un poco más arriba, el desierto está desierto y el ojo no tiene mucho en qué entretenerse.

Además, si lo que pretendías era dormir, el desierto produce un estado surrealista transitorio.

El desierto te sirve para pensar en cosas surrealistas, como los viajes que hicieron las dos naranjas y los dos plátanos que Adrián Linares Reyes trasladó de Tenerife a Coruña y de Coruña a Abu Dabi, y después vuelta, sin otro fin aparente que darles a tan importantes frutas la sabia cultura del eterno viajero.

Después supe que en el desierto también pueden tener lugar situaciones surrealistas. Porque cuando piensas en que pasarás allí el día lo primero que haces es presentarte en él ligero y fresco, lo que al final resulta un contratiempo cuando a la hora de comer en la residencia de invierno de un lugareño te piden antes de entrar que lo hagas en calcetines y tu preguntes ¡”Ah! ¿Pero es que había que traerlos?”.

Aunque en el desierto también se conversa tras una copiosa comida, allí no la llaman sobremesa porque comen descalzos y en el suelo. Curiosamente las conversaciones pueden llegar a ser tan aburridas como las que matenemos los occidentales en la casa de la abuela y aunque el tema de conversación sea el Quijote de Cervantes o el Hamlet de Shakespeare.

Después de lo que me parecieron horas de conversación sobre la trascendencia de los niveles linguísticos en la literatura y la distancia temporal en una misma lengua pensé que si necesitara en algún momento ir al excusado acabaría defecando los primeros fascículos de una enciclopedia. Pedí a Alejandro Sanz que, por favor, me pegara un tiro cada cinco minutos o que, al menos, alguien me apagara la cabeza.

Pero de allí no quiso moverse nadie hasta que los anfitriones dieron por terminada la discusión de la que, gracias a mi pésimo nivel linguístico en inglés únicamente pude cerciorarme de las tonterías e incongruencias.

Al fin nos fuimos. Dejé a Shakespeare y a Cervantes en el puto desierto y, la verdad, es que lo siento mucho por ellos.

Sin novedad desde el país de los gatos

Después de todo lo único realmente extraordinario de los Emiratos Árabes es que apenas se ven gatos, lo que no deja de ser extraño porque, con tanta arena, podrían convertir cada esquina de este exótico país en su propio cajón de arena. Al final resulta que es cierto que viajar es el mejor modo de sacudirse de la cabeza los tópicos y los lugares comunes, esas cómodas anclas mentales sobre las que construimos nuestras certidumbres sin detenernos a pensar que tras ellas puede que no haya otra cosa que pereza.
Por poner solo algunos ejemplos: Emiratos Árabes es un lugar luminoso y sus gentes de una escandalosa amabilidad. Se trata de esa amabilidad sencilla que uno solo conocía en algunos libros de ficción y que en cuanto te desarman con ella en tus propias carnes dudas de inmediato que tal vez  lo que entendías hasta ahora por atenciones no era otra cosa que maldita indiferencia. Es cierto que estamos en un país musulmán, pero aparantemente esto se vive aquí de forma más relajada de lo que por donde yo vivo se espera: después de todo quién no conoce en su urbanización, en la aldea o en su pueblo, a alguna señora exaltada que enseguida se sulfura ante la desfachatez de algunas hembras… Al final todo es más sencillo de lo que nos lo cuentan: ahí un par de normas más o menos sencillas de recordar, aquí un bloqueo de dos o tres cosas en internet y a dejar que la vida más o menos fluya en cómoda indiferencia.

Puede que a muchos les desarme que, al final, el alcohol es accesible en todas partes. Incluso hacían ostentación de ello en la carta menú del avión, donde decían en letra impresa que además servirían tras la manduca “alcohol de alta graduación”… Más que un aviso era toda una advertencia de hasta donde eran capaces de llegar. Y me imaginé a una azafata amenazándome con llenarme hasta arriba de todo todito un enorme copazo con coñac. O que preservativos, lubricantes y material íntimo diverso se encuentre al alcance de los ojos tras el mostrador de las gasolineras cuando uno venía mal advertido que hasta pensar en ello podía suponer un problema.

Pero debo decir que para mí lo más extraordinario de todo fue la amabilidad. Una amabilidad extrema que en un momento de mi primera tarde me llevó a plantearme la posibilidad de darme la vuelta en un precipitado regreso tras desbaratarme tanta amabilidad la posibilidad de una siesta.
El vuelo nocturno de siete horas y media me mantuvo en vela. Nunca duermo en los aviones porque siempre temo que si lo hago pueda llegar a perderme algo importante aunque nunca tuve ocasión de descubrir . Al hotel llegué exhausto tras el interminable viaje en autobús por la autopista. Aquí, muchacho, se conduce despacio y no como en esa alocada jauría del lugar del que procedo. Aquí nadie parece tener prisa sobre el asfalto.
Tras el almuerzo y tras comprobar que el sol de Emiratos Árabes es también realmente amable, llegó el feliz momento de la siesta. Bueno, dos o tres horitas (no más…) para reponer fuerzas.

A los cinco minutos
— Toc Toc (en la puerta)
Ojos inyectados en sangre y mirada dispersa que al abrir la puerta descubre a un mozo del hotel que parecía llevar de todo en un inmenso carrito…
— Señor necesita toallas?
— No, gracias, aún solo he usado una de las cinco dispuestas…
— El señor necesitará almohadas?
— Pues la verdad es que no: las cuatro que ya tengo más dos cojines parecen más que suficientes
— Veo que no ha deshecho su maleta
— Claro, es que venía tan perfecta que me dio pena desarmarla.
— Verá, tiene armarios aquí y allí para colgar la ropa y puede dejar la maleta sobre este soporte a tal efecto…
— Vale, gracias, ya iré viendo según se me de la tarde.
— Muy bien señor, no tiene más que llamar si necesita algo.
— Gracias. Yo con dormir un rato pos ya me llega.

Algo más tarde (no sabría decir cuánto) suena un móvil. Tengo dos, pero no era ninguno. Descubro uno que salta sobre la mesa… un nokia de antiquísima generación…
Para de sonar
Vuelve a sonar
Para de sonar
Me levanto y busco en los cajones de la cómoda si no habrá  un lugar seguro donde esconderlo. Pienso que la nevera es una alternativa razonable porque las ventanas al exterior no se abren…
— Toc Toc (en la puerta)
— Señor creo que me dejé aquí mi móvil.
— Pos si…
— Gracias señor, y disculpe
— Nada hombre, vuelva cuando quiera.

Cinco, quizá siete minutos más tarde
— Toc Toc (en la puta puerta)
— Vengo a abrirle la cama
— No, si yo la cama ya la tengo abierta, pero si quiere pasar un rato y cantarme una nana tal vez consiga que me duerma.

Like a Rolling Stone

Lo peor de echar raíces en cualquier parte que se te antoje es que, al final, siempre acabas por conocer a tus vecinos, lo que puede ser un fastidio si nunca recuerdas dónde guardaste el martillo la última vez que te lo prestaron o si las conversaciones intrascendentes te provocan urticaria…
Nunca tuve esa sensación de pertenencia que veo en tantas personas, entusiasmadas hasta el delirio en los microdetalles de la nada. A mi los lugares siempre terminan por hastiarme: algunos lo hacen nada más adivinarlos como un puntito olvidable sobre el mapa en el que —no se sabe muy bien por qué extraña razón— al fin han conseguido colarse. A otros, en cambio, les lleva más tiempo llevarme al hastío; algunos, incluso, todavía no lo han conseguido del todo, aunque yo siempre reconozco que éstos también se esfuerzan.
Para un tipo como yo, que prepara la cena a su hijo y pasa después a cualquier otra cosa olvidando que cuando cocinas resulta conveniente servir el resultado —más o menos afortunado— a quien espera impaciente ante la mesa de las cenas, los viajes son siempre el mejor entretenimiento para la distracción incorregible y para desarrollar una concentrada energía que, gracias a los dioses, al karma, o al cambio de la temperatura en el entretiempo del nuevo paradigma climático, nunca tendrás que llevar más allá de dos o tres semanas.

Y he tenido suerte en mi trabajo, porque para el caso que nos ocupa, reconozco que es perfecto, y eso que las giras de conciertos de una orquesta que haga giras de conciertos podrían pensarse una tortura para un tipo como yo si no fuese por tí, amigo Queijo (Quengo, Queij… tantas cosas… José Manuel para quienes no sepan).

Empezamos a compartir juntos las giras de la Orquesta Sinfónica de Galicia en aquel año en que nuestro trabajo era picar piedras con el canto de las manos y no como ahora, que al fin tenemos pico y quizá algún día hasta nos compren una pala. Llegamos al Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante aquel mes de septiembre que para unos tipejos que llegaban de Coruña muy bien podría ser agosto en el desierto, porque en los sobacos llevábamos calderos…
Por cierto, ¿te has fijado que pronunciar el nombre de ese festival lleva más tiempo que el que te dura la paciencia antes de salir corriendo?
Aunque tu eras algo así como responsable de produccion y yo el puto archivero trabajábamos como endemoniados con salarios de jornaleros.
Y mira que me enseñaste cosas muchacho, porque como años después me dijo Enrique Rojas, yo en aquella época no era un berberecho. Que si el peine, que si la corbata… y no hablamos aquí de ese colgajo que le cuelga a los hombres a la altura del cuello (cierto es que del otro alguna vez hablamos, pero más que nada para romper el hielo…), se hablaba de teatro, de ópera, de atriles, de luces, de sonido, de esto y aquello.
La verdad es que éramos invencibles: yo lo artístico, tu lo técnico. Juntos lo sabíamos todo.

Alicante fue el infierno. Al menos en Vietnam el enemigo tenía nombre. Los programas de cada uno de los conciertos parecían diseñados por el psicópata de cabecera del mismísimo demonio, con alteraciones radicales de toda la orquesta entre pieza y pieza: Donatoni, Ginastera, Macías…
Es lo que tiene la producción: el primero en llegar, el último en salir y jamás gracias, muchachos.
Recuerdo que tras recoger el material llegábamos al hotel en el preciso momento en el que algún improbable profesor instrumentista hacía ya equilibros sobre la felicidad del alcohol (que como todos sabes es causa y a la vez solución de todos los problemas) tras una bien regada y merecida cena.
Nos desplomábamos sobre las camas de nuestro cuarto compartido completamente exhaustos, derrotados y con ganas de que alguien nos pegase cada cinco minutos un tiro en la cabeza. Pasamos la noche con poco más que un bocadillo apurado de camino porque no queríamos perder ni medio segundo fuera de nuestras camas.
Y debo decirte que en aquella primera gira supe que serías el mejor compañero de cuarto que podría esperar un desorganizado radical como yo. Lo supe a la mañana siguiente, tras el primero de los conciertos en aquella ciudad que ya he borrado del mapa, cuando sin que yo te dijese nada (no podía, llevaba seis o siete horas muerto) te levantaste sin hacer ruido, sin quejas, sin aspavientos, para ducharte y asearte… Desde entonces jamás permitiste que, estando tu, fuese yo el que madrugase primero.

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