Like a Rolling Stone

por javiervicius

Lo peor de echar raíces en cualquier parte que se te antoje es que, al final, siempre acabas por conocer a tus vecinos, lo que puede ser un fastidio si nunca recuerdas dónde guardaste el martillo la última vez que te lo prestaron o si las conversaciones intrascendentes te provocan urticaria…
Nunca tuve esa sensación de pertenencia que veo en tantas personas, entusiasmadas hasta el delirio en los microdetalles de la nada. A mi los lugares siempre terminan por hastiarme: algunos lo hacen nada más adivinarlos como un puntito olvidable sobre el mapa en el que —no se sabe muy bien por qué extraña razón— al fin han conseguido colarse. A otros, en cambio, les lleva más tiempo llevarme al hastío; algunos, incluso, todavía no lo han conseguido del todo, aunque yo siempre reconozco que éstos también se esfuerzan.
Para un tipo como yo, que prepara la cena a su hijo y pasa después a cualquier otra cosa olvidando que cuando cocinas resulta conveniente servir el resultado —más o menos afortunado— a quien espera impaciente ante la mesa de las cenas, los viajes son siempre el mejor entretenimiento para la distracción incorregible y para desarrollar una concentrada energía que, gracias a los dioses, al karma, o al cambio de la temperatura en el entretiempo del nuevo paradigma climático, nunca tendrás que llevar más allá de dos o tres semanas.

Y he tenido suerte en mi trabajo, porque para el caso que nos ocupa, reconozco que es perfecto, y eso que las giras de conciertos de una orquesta que haga giras de conciertos podrían pensarse una tortura para un tipo como yo si no fuese por tí, amigo Queijo (Quengo, Queij… tantas cosas… José Manuel para quienes no sepan).

Empezamos a compartir juntos las giras de la Orquesta Sinfónica de Galicia en aquel año en que nuestro trabajo era picar piedras con el canto de las manos y no como ahora, que al fin tenemos pico y quizá algún día hasta nos compren una pala. Llegamos al Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante aquel mes de septiembre que para unos tipejos que llegaban de Coruña muy bien podría ser agosto en el desierto, porque en los sobacos llevábamos calderos…
Por cierto, ¿te has fijado que pronunciar el nombre de ese festival lleva más tiempo que el que te dura la paciencia antes de salir corriendo?
Aunque tu eras algo así como responsable de produccion y yo el puto archivero trabajábamos como endemoniados con salarios de jornaleros.
Y mira que me enseñaste cosas muchacho, porque como años después me dijo Enrique Rojas, yo en aquella época no era un berberecho. Que si el peine, que si la corbata… y no hablamos aquí de ese colgajo que le cuelga a los hombres a la altura del cuello (cierto es que del otro alguna vez hablamos, pero más que nada para romper el hielo…), se hablaba de teatro, de ópera, de atriles, de luces, de sonido, de esto y aquello.
La verdad es que éramos invencibles: yo lo artístico, tu lo técnico. Juntos lo sabíamos todo.

Alicante fue el infierno. Al menos en Vietnam el enemigo tenía nombre. Los programas de cada uno de los conciertos parecían diseñados por el psicópata de cabecera del mismísimo demonio, con alteraciones radicales de toda la orquesta entre pieza y pieza: Donatoni, Ginastera, Macías…
Es lo que tiene la producción: el primero en llegar, el último en salir y jamás gracias, muchachos.
Recuerdo que tras recoger el material llegábamos al hotel en el preciso momento en el que algún improbable profesor instrumentista hacía ya equilibros sobre la felicidad del alcohol (que como todos sabes es causa y a la vez solución de todos los problemas) tras una bien regada y merecida cena.
Nos desplomábamos sobre las camas de nuestro cuarto compartido completamente exhaustos, derrotados y con ganas de que alguien nos pegase cada cinco minutos un tiro en la cabeza. Pasamos la noche con poco más que un bocadillo apurado de camino porque no queríamos perder ni medio segundo fuera de nuestras camas.
Y debo decirte que en aquella primera gira supe que serías el mejor compañero de cuarto que podría esperar un desorganizado radical como yo. Lo supe a la mañana siguiente, tras el primero de los conciertos en aquella ciudad que ya he borrado del mapa, cuando sin que yo te dijese nada (no podía, llevaba seis o siete horas muerto) te levantaste sin hacer ruido, sin quejas, sin aspavientos, para ducharte y asearte… Desde entonces jamás permitiste que, estando tu, fuese yo el que madrugase primero.