Sin novedad desde el país de los gatos

por javiervicius

Después de todo lo único realmente extraordinario de los Emiratos Árabes es que apenas se ven gatos, lo que no deja de ser extraño porque, con tanta arena, podrían convertir cada esquina de este exótico país en su propio cajón de arena. Al final resulta que es cierto que viajar es el mejor modo de sacudirse de la cabeza los tópicos y los lugares comunes, esas cómodas anclas mentales sobre las que construimos nuestras certidumbres sin detenernos a pensar que tras ellas puede que no haya otra cosa que pereza.
Por poner solo algunos ejemplos: Emiratos Árabes es un lugar luminoso y sus gentes de una escandalosa amabilidad. Se trata de esa amabilidad sencilla que uno solo conocía en algunos libros de ficción y que en cuanto te desarman con ella en tus propias carnes dudas de inmediato que tal vez  lo que entendías hasta ahora por atenciones no era otra cosa que maldita indiferencia. Es cierto que estamos en un país musulmán, pero aparantemente esto se vive aquí de forma más relajada de lo que por donde yo vivo se espera: después de todo quién no conoce en su urbanización, en la aldea o en su pueblo, a alguna señora exaltada que enseguida se sulfura ante la desfachatez de algunas hembras… Al final todo es más sencillo de lo que nos lo cuentan: ahí un par de normas más o menos sencillas de recordar, aquí un bloqueo de dos o tres cosas en internet y a dejar que la vida más o menos fluya en cómoda indiferencia.

Puede que a muchos les desarme que, al final, el alcohol es accesible en todas partes. Incluso hacían ostentación de ello en la carta menú del avión, donde decían en letra impresa que además servirían tras la manduca “alcohol de alta graduación”… Más que un aviso era toda una advertencia de hasta donde eran capaces de llegar. Y me imaginé a una azafata amenazándome con llenarme hasta arriba de todo todito un enorme copazo con coñac. O que preservativos, lubricantes y material íntimo diverso se encuentre al alcance de los ojos tras el mostrador de las gasolineras cuando uno venía mal advertido que hasta pensar en ello podía suponer un problema.

Pero debo decir que para mí lo más extraordinario de todo fue la amabilidad. Una amabilidad extrema que en un momento de mi primera tarde me llevó a plantearme la posibilidad de darme la vuelta en un precipitado regreso tras desbaratarme tanta amabilidad la posibilidad de una siesta.
El vuelo nocturno de siete horas y media me mantuvo en vela. Nunca duermo en los aviones porque siempre temo que si lo hago pueda llegar a perderme algo importante aunque nunca tuve ocasión de descubrir . Al hotel llegué exhausto tras el interminable viaje en autobús por la autopista. Aquí, muchacho, se conduce despacio y no como en esa alocada jauría del lugar del que procedo. Aquí nadie parece tener prisa sobre el asfalto.
Tras el almuerzo y tras comprobar que el sol de Emiratos Árabes es también realmente amable, llegó el feliz momento de la siesta. Bueno, dos o tres horitas (no más…) para reponer fuerzas.

A los cinco minutos
— Toc Toc (en la puerta)
Ojos inyectados en sangre y mirada dispersa que al abrir la puerta descubre a un mozo del hotel que parecía llevar de todo en un inmenso carrito…
— Señor necesita toallas?
— No, gracias, aún solo he usado una de las cinco dispuestas…
— El señor necesitará almohadas?
— Pues la verdad es que no: las cuatro que ya tengo más dos cojines parecen más que suficientes
— Veo que no ha deshecho su maleta
— Claro, es que venía tan perfecta que me dio pena desarmarla.
— Verá, tiene armarios aquí y allí para colgar la ropa y puede dejar la maleta sobre este soporte a tal efecto…
— Vale, gracias, ya iré viendo según se me de la tarde.
— Muy bien señor, no tiene más que llamar si necesita algo.
— Gracias. Yo con dormir un rato pos ya me llega.

Algo más tarde (no sabría decir cuánto) suena un móvil. Tengo dos, pero no era ninguno. Descubro uno que salta sobre la mesa… un nokia de antiquísima generación…
Para de sonar
Vuelve a sonar
Para de sonar
Me levanto y busco en los cajones de la cómoda si no habrá  un lugar seguro donde esconderlo. Pienso que la nevera es una alternativa razonable porque las ventanas al exterior no se abren…
— Toc Toc (en la puerta)
— Señor creo que me dejé aquí mi móvil.
— Pos si…
— Gracias señor, y disculpe
— Nada hombre, vuelva cuando quiera.

Cinco, quizá siete minutos más tarde
— Toc Toc (en la puta puerta)
— Vengo a abrirle la cama
— No, si yo la cama ya la tengo abierta, pero si quiere pasar un rato y cantarme una nana tal vez consiga que me duerma.