Con Shakespeare y Cervantes en el puto desierto

por javiervicius

Te aseguro que si te parece que un día en el desierto puede llegar a ser una experiencia fascinante no pensarías lo mismo si la jornada empieza después de haber dormido menos que el cartón de un sin techo en la Puerta del Sol de Madrid la madrugada de Ano Nuevo. Porque siendo así, la experiencia es lo más parecido a un descenso a los infiernos.

Porque el desierto, como su propio nombre indica, está totalmente desierto, salvo algún ocasional camello y, claro, los divertidos excursionistas a los que pareciera que les hubiera tocado un boleto en la tómbola de la feria del pueblo.
Con déficit de horas de sueño todo parece irreal, tan irreal como que ya empiezas el día no teniendo muy claro si es que llegas demasiado pronto al desayuno o muy tarde a la cena.
Porque el desierto, por si no lo sabías, está muy lejos. Tan lejos como que hay que levantarse muy temprano para llegar a una hora razonable en la que el sol asesino no esté todavía demasiado despierto.
Una vez en él, no es que haya muchas cosas que hacer, salvo pensar en que el desierto está totalmente desierto. Estás tu… y el desierto, es decir, la nada salvo arena (y además mis gafas de lejos que, claro, allí no me servían de nada porque allá lejos tampoco había otra cosa que más desierto…)

El desierto sirve para hacerse fotos. Fotos tuyas en el desierto. Las fotos del desierto son chulas, porque cualquier cosa que lleves al cuello destaca mucho más, pues, como ya se dijo un poco más arriba, el desierto está desierto y el ojo no tiene mucho en qué entretenerse.

Además, si lo que pretendías era dormir, el desierto produce un estado surrealista transitorio.

El desierto te sirve para pensar en cosas surrealistas, como los viajes que hicieron las dos naranjas y los dos plátanos que Adrián Linares Reyes trasladó de Tenerife a Coruña y de Coruña a Abu Dabi, y después vuelta, sin otro fin aparente que darles a tan importantes frutas la sabia cultura del eterno viajero.

Después supe que en el desierto también pueden tener lugar situaciones surrealistas. Porque cuando piensas en que pasarás allí el día lo primero que haces es presentarte en él ligero y fresco, lo que al final resulta un contratiempo cuando a la hora de comer en la residencia de invierno de un lugareño te piden antes de entrar que lo hagas en calcetines y tu preguntes ¡”Ah! ¿Pero es que había que traerlos?”.

Aunque en el desierto también se conversa tras una copiosa comida, allí no la llaman sobremesa porque comen descalzos y en el suelo. Curiosamente las conversaciones pueden llegar a ser tan aburridas como las que matenemos los occidentales en la casa de la abuela y aunque el tema de conversación sea el Quijote de Cervantes o el Hamlet de Shakespeare.

Después de lo que me parecieron horas de conversación sobre la trascendencia de los niveles linguísticos en la literatura y la distancia temporal en una misma lengua pensé que si necesitara en algún momento ir al excusado acabaría defecando los primeros fascículos de una enciclopedia. Pedí a Alejandro Sanz que, por favor, me pegara un tiro cada cinco minutos o que, al menos, alguien me apagara la cabeza.

Pero de allí no quiso moverse nadie hasta que los anfitriones dieron por terminada la discusión de la que, gracias a mi pésimo nivel linguístico en inglés únicamente pude cerciorarme de las tonterías e incongruencias.

Al fin nos fuimos. Dejé a Shakespeare y a Cervantes en el puto desierto y, la verdad, es que lo siento mucho por ellos.