Vicius No Direction Home

(on the road)

Mes: febrero, 2016

En el viaje inesperado a urgencias en una noche de luna corta de san Juan

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Hay viajes inesperados que a pesar de conducirte a pocos metros de tu casa te llevan lejos, muy lejos… como cuando una inesperada llamada de alguien cercano que perdió el criterio en una madrugada de la noche de san Juan te lleva en volandas al interior de las urgencias del Chuac (antes Juan Canalejo de A Coruña, después ya veremos…).
Uno de esos viajes inesperados que en un instante te abren las puertas de un universo paralelo en el que jamás querrías estar…
Entre borrachos durmiendo en colchones desparramados en el suelo —decía Oscar Wilde que el alcohol, bebido en cantidades suficientes produce un estado muy semejante a la embriaguez…—, revueltos entre sus propios vómitos mezclados con los de sus compañeros, adolescentes intoxicados vigilados de cerca por sus madres contrariadas, asistí al espectáculo radical de la vida en sus extremos.

Separado de su articulación a la altura del hombro, el brazo de Sonia podía utilizarse como rascador de la espalda o incluso para desatascar de urgencia el retrete del baño. Sin embargo decía no tener dolor alguno, algo que sin duda podía explicarse por el aguardiente que le quemaba el aliento.
A Marta tampoco le dolía la rendija inesperada que alguien le había abierto como una ventana a este lado de su cara con el roto de alguna botella, quién sabe si tal vez la misma del orujo al que apestaba Sonia.
Una compresa de gasa que apretaba contra su mejilla parecía contener los borbotones de sangre que inicialmente le habían estropeado el blanco de su blusa.
La laca rancia de las uñas contrastaba con la edad de la muchacha, que había nacido justo después de habérselas pintado. Estaba optimista, y pidió que no se le cosiese la herida. Pensé que era mejor tranquilizarla cuando se la llevaron para zurcirle la herida: “Tranquila, muchacha, si lo ves oportuno pide que llamen a Balenciaga, y si aún así no te gusta el resultado siempre podrías dejarte barba”.

Carlos Bruño había vuelto a nacer cuando recuperaron el esquema previo de su cadáver tras sobrevivir a una caída desde cinco metros sobre el arenal de la playa. A sus escasos veintidós años podía presumir de tener la suerte de haberse sobrevivido a sí mismo. Pero no dejaba de temblar y me pidió si no era mucha molestia que le diera conversación, pues se aburría sobremanera de esperar inmóvil tendido sobre la camilla el certificado de que efectivamente todavía seguía vivo.

Jacinto del Valle esperaba turno mientras se asfixiaba consigo mismo. Había llegado a urgencias del mismo modo en el que vivía: sólo y sin ayuda en un pequeño apartamento en uno de los barrios portuarios. El pantalón del chándal y las zapatillas de casa contrastaban con la zamarra de descargar pescado de los barquichuelos marineros del puerto. “Para un tipo como yo, muchacho, el cigarro es en ocasiones el único compañero”. Lo decía un tipo cuyas arrugas del rostro parecían sacadas a martillazos del mármol, una de esas caras de tipo duro acostumbrado a hacerse los bocadillos de la merienda untando cemento sobre el pan reseco de una barra. “Estoy muy fatigado, dijo, desde hace tres días que no respiro como debiera”. Y era toda una sorpresa, pues aquél tipo duro no parecía necesitar otra cosa para respirar que el acostumbrado monóxido de carbono de su cigarro.

Y poco más allá de todo esto el alarido de un lavado gástrico de emergencia e inesperado nos recordó a todos los que convergimos vidas y circunstancias en aquellas urgencias hospitalarias del Chuac en la noche de luna corta del san Juan, que por aquél cruce deambulaban tanto los que desesperadamente buscan un remedio para su desgracia como los que por por desgracia buscan un remedio para ser desgracia ellos mismos.

Después de aquellos apocalípticos estertores, salidos desde el mismísimo vientre de un infierno, una limpiadora que entre vómito y vómito pasaba por allí recordó, entre varias pausas que me parecieron enfáticas, lo terrible que era perder el criterio: “aquí hemos visto todo tipo de barbaridades, desde el que salta al vacío hasta el muchacho de treinta años que se autoamputa los huevos”.

El lugar al que quiero pertenecer

Sí, Vicius No Direction Home, Like a Rolling Stone… Pero ahora que al fin abandono mi tercer libro y sale de mí a vivir su propia vida (porque cuando escribes un libro, no lo terminas, simplemente lo abandonas) veo que es en ellos donde por fin estoy en casa. Porque viví en estos tres libros durante mucho, mucho tiempo —quizá demasiado—, y siento por primera vez que estoy en el lugar preciso en el que se me estaba esperando.

Ahora comprendo que pese a esta sensación de no pertenecer a lugar alguno sí hay uno sin el que no podría vivir, pues el único lugar donde puedo ser absolutamente libre es en la escritura. Y la escritura no es únicamente el lugar en el que quiero estar, es también el lugar al que quiero pertenecer. Escribo. Y soy feliz al poder hacerlo.

 

 

¿Pero entonces de dónde carajo vienen mis libros?

Digo que para alguien como yo, instalado en la desorganización e incapaz de estar más de una hora sentado en una silla inmerso en una única actividad, pensando siempre en estar en cualquier otra parte, resulta inexplicable razonar de dónde saca tranquilidad y tiempo para escribir sus libros.

Pero no hay que alarmarse, puestas una encima de otra las páginas de los libros impresos hasta la fecha se alcanzan, muy justitas, las doscientas, lo que desde luego no da para echar muchos cohetes… Y si añadimos lo que está por venir este año, alcanzamos la friolera de trescientas páginas… todo un logro, una proeza casi olímpica.

Prefiero no dividir el número total de páginas publicadas por los años que llevo en esto de la escritura: tenía nueve años cuando, imitando a un hermano mayor que tenía antes, escribí un poema más o menos horrendo —como los de ahora, pero al menos los más recientes saldrán al ruedo disfrazados. Recuerdo que tal poema trataba sobre un pájaro en una jaula: se ve que ya entonces quería estar en otra parte.

Es decir: he conseguido cristalizar en trescientas páginas cuarenta años de palabras en la cabeza. No sé, pero con estas cifras algún alma caritativa debería coserme el trasero a una silla o, al menos, hacerme de una vez una lobotomía.

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