Vicius No Direction Home

(on the road)

Mes: marzo, 2016

Luis, el uniformao

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Y por fin me pasó lo que jamás me había ocurrido en casi 24 años de giras de conciertos por medio mundo. Finalmente alguien me echó de un backstage. Sucedió esta misma noche, a eso de las nueve y media. En Madrid. A un puñado de cientos de kilómetros de la tranquilidad de mi casa.
No me echaron del backstage del histórico Musikverein de Viena, el mismo en el que dirigían Mahler, Furtwängler o Karajan; ni de los accesos a las salas de auditorios de Buenos Aires, Sao Paulo, Colonia, Düsseldorf, Hannover o Hamburgo… Tampoco me echaron del Teatro Real de Madrid, ni del Maestranza de Sevilla, ni de los auditorios de Granada, Sevilla, Zaragoza, Salamanca, Valladolid, San Sebastián, Bilbao y un interminable etc.
Ni tan siquiera me llegaron a expulsar de los camerinos de la Ópera de Viena ni del backstage de la Philharmonie de Berlín, y eso que en estos dos últimos sagrados lugares no actuaba mi orquesta.
Por fin me echó Luis, un tipo con dos güevos toreros y marcada tendencia al sobrepeso. Y lo hizo porque, al contrario que él, yo no estaba “uniformao”. Luis hizo lo que tenía que hacer: defender con ahínco los dos metros cuadrados asignados a su cargo y en los que al fin puede ser rey, aunque solo lo sea en las dos horas que dura un concierto.
— ¿Qué hace usté?
— Sacar una foto
— Usté no puede estar aquí…
— Pero es que yo trabajo con la orquesta que está en escena…
— Usté no está uniformao y no se puede estar aquí si no está uniformao…
— ¿Y usted está “uniformao” vestido así? —El tipo lleva pantalón y un polo de algodón, ambos absolutamente negros y muy semejantes a los que en invierno usaba mi padre en sus cosas del jardín.
— Sí, este es mi uniforme.
— Pues nada, la próxima vez que venga lo haré con mi disfraz de almirante.

Entre maletas y goteras

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La vida puede ser absurda. O no. ¿Qué sé yo…? Esta mañana la compañía aérea me obligó a facturar mi equipaje de mano, con lo que éste dejó de ser de mano para convertirse en equipaje convencional… Y mira que me había tomado todas las precauciones posibles para no llevar nada en mi maletita que alarmara a los guardias que velan por nuestra seguridad en el tránsito a la puerta de embarque.
Al final, un tiempo atmosférico que ni para los perros acabó por desbaratar el vuelo a Madrid desde Alvedro, así que con ello puedo decir que facturé mi equipaje para cubrir mi viaje desde el mostrador de facturación a la cafetería del aeropuerto y vuelta. Porque después de mi segundo desayuno tuve que acercarme a la zona de llegadas a recoger la dichosa maletita…
Fue extraño, porque tuve que acceder a la recogida de equipajes por zona prohibida. Un alarmado responsable de seguridad me increpó desde lejos que por allí no podía ir de ninguna manera…
— ¿Y entonces por dónde…?
— ¡Pregunte usted ahí! —y me señala a una tipa del aeropuerto que me seguía sin yo saberlo.
— ¿Entonces, señora?
— Vaya, vaya usted por ahí…
— Pero el fulano aquél se me enfada…
E hizo como que no me oía mientras el tal fulano en cuestión desaparecía tras la puerta de un cuartucho en el que, seguro, guarda las cuatro cosas que le ayudan a pasar las guardias.

La compañía puso autobuses, a los que cada pasajero accedió con su propia maleta —no la de otro— y eso supuso más retrasos, con lo que a la hora que debía estar despegando mi avión me encontraba a bordo de un autobús de los años noventa en el que, además, llovía dentro.

En Lavacolla tuve que facturar de nuevo y, tras pasar al galope el control de seguridad y la cafetería para comprar el bocata y el refresco, puede almorzar a toda prisa en la mismísima cola del embarque y hacer la digestión mientras las azafatas escenificaban aburridas la tragicomedia de qué hacer en caso de cualquier tragedia.

Manolo, el del camión

Vicius en Viena 2009

La verdad es que desconozco si todas las orquestas tienen un “Manolo, el del camión”, pero durante muchos años en la Sinfónica de Galicia tuvimos uno. Nosotros lo sabíamos, y en Viena, a mediados de diciembre de 2009, también lo supieron.
Eran las cuatro o las cinco de la tarde, pero a juzgar por la luz parecía ya la madrugada del día siguiente.
Después de un rápido almuerzo nos pareció buena idea que uno de los periodistas que nos acompañaban en el viaje tuviese acceso al proceso de descarga de instrumentos y al montaje posterior en el histórico escenario de la Sala Dorada del Musikverein, la misma en la que tan sólo quince días más tarde podrías ver a la Filarmónica de Viena, entre las legañas de los ojos y con permiso del martilleo incesante de la resaca en tu cabeza, en la mismísima tele del salón de tu casa.
Pues no fue buena idea.
Manolo era un buen tipo, aunque quizá resultaba un poco bruto cuando perdía los papeles… lo que ocurría con espantosa frecuencia en cada viaje de la orquesta, algo que, por cierto, muy pronto descubrieron en Viena.
Allá en Europa Central la diferencia se mide en aquí unos centímetros, allá un par de metros, y el trailer con su Manolo (el del camión) y su chófer de repuesto se habían ubicado un tanto fuera de sitio. Era necesario una pequeña maniobra y allá va nuestro Manolo, el del camión, a dirigir una operación que al parecer, por esto y por aquello ya te dije que así no pero qué coño haces, acabó por atravesar el trailer en medio de la apacible, lánguida y muy mal iluminada calle trasera del Musikverein de Viena.
Manolo, que como ya se dijo perdía con facilidad paciencia y decencia comenzó a bajar uno a uno todos los santos que pueblan el alto firmamento. Y lo hizo entre gritos y alaridos y utilizando como comas de su discurso todos los tacos y palabrotas que adornaban su repertorio de disparates.
Lo oyeron los vieneses, creo que en kilómetros a la redonda, y lo oyó alto y claro nuestro sorprendido invitado, al que agarré del brazo y alejé de allí cuanto antes, descendiendo una calle por la que durante buen rato nos persiguieron toda clase de palabras que parecían balas escupidas a bocajarro.
— Llamaron de la Orquesta de Cinncinatti, —me dijo años más tarde el coordinador técnico— para preguntar pero qué clase de gritos eran esos…

Era Madrid y creíamos que operábamos a corazón abierto

 

¿Quién me iba a decir, amigo Queijo, que las giras iban a ser la única oportunidad que tendría de alejarme por un tiempo de todo el papeleo…? Incluso las 24 horas escasas que nos durará el viaje fugaz a Madrid que haremos mañana son para mí el breve minuto del que dispongo para tomar aire. Porque enterrado entre papeles siempre tengo la sensación de respirar debajo del agua con la cabeza metida dentro de un caldero…

¿Qué puedo decir de nuestros viajes a Madrid? Que el primero, en noviembre de 1994, nos pareció algo así como desplazarnos al mismísimo centro del Universo. Con el tiempo y tras 27 conciertos, Madrid nos resulta lo más parecido a desplazarnos a cualquier localidad de aquí al lado. Pero éramos jóvenes, muy jóvenes, amigo Queijo (Quengo, o Queij… ya sabes, según tenga el día), y considerablemente impresionables, y nos pesaba la responsabilidad como si fuésemos a operar a todo el público a corazón abierto.
(Y gracias stylelovely.com/baballa por las fotazas…)

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