Manolo, el del camión

por javiervicius

Vicius en Viena 2009

La verdad es que desconozco si todas las orquestas tienen un “Manolo, el del camión”, pero durante muchos años en la Sinfónica de Galicia tuvimos uno. Nosotros lo sabíamos, y en Viena, a mediados de diciembre de 2009, también lo supieron.
Eran las cuatro o las cinco de la tarde, pero a juzgar por la luz parecía ya la madrugada del día siguiente.
Después de un rápido almuerzo nos pareció buena idea que uno de los periodistas que nos acompañaban en el viaje tuviese acceso al proceso de descarga de instrumentos y al montaje posterior en el histórico escenario de la Sala Dorada del Musikverein, la misma en la que tan sólo quince días más tarde podrías ver a la Filarmónica de Viena, entre las legañas de los ojos y con permiso del martilleo incesante de la resaca en tu cabeza, en la mismísima tele del salón de tu casa.
Pues no fue buena idea.
Manolo era un buen tipo, aunque quizá resultaba un poco bruto cuando perdía los papeles… lo que ocurría con espantosa frecuencia en cada viaje de la orquesta, algo que, por cierto, muy pronto descubrieron en Viena.
Allá en Europa Central la diferencia se mide en aquí unos centímetros, allá un par de metros, y el trailer con su Manolo (el del camión) y su chófer de repuesto se habían ubicado un tanto fuera de sitio. Era necesario una pequeña maniobra y allá va nuestro Manolo, el del camión, a dirigir una operación que al parecer, por esto y por aquello ya te dije que así no pero qué coño haces, acabó por atravesar el trailer en medio de la apacible, lánguida y muy mal iluminada calle trasera del Musikverein de Viena.
Manolo, que como ya se dijo perdía con facilidad paciencia y decencia comenzó a bajar uno a uno todos los santos que pueblan el alto firmamento. Y lo hizo entre gritos y alaridos y utilizando como comas de su discurso todos los tacos y palabrotas que adornaban su repertorio de disparates.
Lo oyeron los vieneses, creo que en kilómetros a la redonda, y lo oyó alto y claro nuestro sorprendido invitado, al que agarré del brazo y alejé de allí cuanto antes, descendiendo una calle por la que durante buen rato nos persiguieron toda clase de palabras que parecían balas escupidas a bocajarro.
— Llamaron de la Orquesta de Cinncinatti, —me dijo años más tarde el coordinador técnico— para preguntar pero qué clase de gritos eran esos…