Entre maletas y goteras

por javiervicius

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La vida puede ser absurda. O no. ¿Qué sé yo…? Esta mañana la compañía aérea me obligó a facturar mi equipaje de mano, con lo que éste dejó de ser de mano para convertirse en equipaje convencional… Y mira que me había tomado todas las precauciones posibles para no llevar nada en mi maletita que alarmara a los guardias que velan por nuestra seguridad en el tránsito a la puerta de embarque.
Al final, un tiempo atmosférico que ni para los perros acabó por desbaratar el vuelo a Madrid desde Alvedro, así que con ello puedo decir que facturé mi equipaje para cubrir mi viaje desde el mostrador de facturación a la cafetería del aeropuerto y vuelta. Porque después de mi segundo desayuno tuve que acercarme a la zona de llegadas a recoger la dichosa maletita…
Fue extraño, porque tuve que acceder a la recogida de equipajes por zona prohibida. Un alarmado responsable de seguridad me increpó desde lejos que por allí no podía ir de ninguna manera…
— ¿Y entonces por dónde…?
— ¡Pregunte usted ahí! —y me señala a una tipa del aeropuerto que me seguía sin yo saberlo.
— ¿Entonces, señora?
— Vaya, vaya usted por ahí…
— Pero el fulano aquél se me enfada…
E hizo como que no me oía mientras el tal fulano en cuestión desaparecía tras la puerta de un cuartucho en el que, seguro, guarda las cuatro cosas que le ayudan a pasar las guardias.

La compañía puso autobuses, a los que cada pasajero accedió con su propia maleta —no la de otro— y eso supuso más retrasos, con lo que a la hora que debía estar despegando mi avión me encontraba a bordo de un autobús de los años noventa en el que, además, llovía dentro.

En Lavacolla tuve que facturar de nuevo y, tras pasar al galope el control de seguridad y la cafetería para comprar el bocata y el refresco, puede almorzar a toda prisa en la mismísima cola del embarque y hacer la digestión mientras las azafatas escenificaban aburridas la tragicomedia de qué hacer en caso de cualquier tragedia.