Vicius No Direction Home

(on the road)

Mes: junio, 2016

Como un invitado

Se lo decía esta mañana a ese buen muchacho que me ríe los días buenos y sufre con paciencia mis días malos: algún día tendré que escribir sobre esa gira del 98 por Alemania. El 98 fue un año de viajes interminables y de otras pesadillas personales que mejor olvidar. Recuerdo que en una de aquellas pausas para el café y la tortilla de media mañana llegué a comentarle al gerente la conveniencia de que, entre tanta gira y viaje, la empresa debería ofertar a sus trabajadores los servicios de un buen terapeuta o, en su defecto, los servicios amargos de un buen abogado.

Huracán Enrique Rojas, gerente en aquél entonces, no pareció entusiasmarle demasiado aquella salida de tono, aunque debo reconocer que casi nunca me las tomaba a mal. En realidad las cosas esas del “Vicius” —a él debo es fórmula— hasta le gustaban: recuerdo que, por lo general, disfrutaba mucho de mis impertinencias, mis ocurrencias y de algunas de mis gracias. Era justo lo que necesitaba un tipo como yo: una buena excusa y un público complaciente.

Decía que 1998 fue un año tan confuso con tanto viaje que llegué a tener la sensación de estar de visita cada vez que pasaba unos días en casa. Aquella sensación de estar como de prestado en cualquier parte la padezco en ocasiones, cuando después de días buenos, días peores y días malos amanezco de pronto con aquella sensación de no ser más que un simple invitado; es esa clase de días en los que pensar en comer aquello que más odie —como los riñones al jerez o las alubias estofadas— no puede ser peor que el día que llevo atravesado.

 

…y nos llevarán los muchachos de la mudanza

Amigo Queijo:

te lo has perdido. Tú por ahí, en Oviedo, por ejemplo, y nosotros aquí contándole al mundo que algunos llevamos casi 25 años en este negocio. No te preocupes: al igual que el resto de ruedas de prensa que hemos celebrado hasta ahora, la de hoy ha sido totalmente diferente, única en sí misma: ya te contaré los detalles cualquier día de estos.

Pero la cosa, el aniversario, da que pensar. Al menos a mí. Pienso que veinticinco años de trabajo son, después de todo, muchos años de trabajo, casi tres cuartos de vida profesional según hagas la cuenta. A veces parecía que el tiempo avanzaba como un paquidermo en medio de la nada, las horas interminables de aeropuertos; también fuimos carne de autobús en esas rutas interminables de autopistas. Por ejemplo en Alemania, en nuestra segunda gira de conciertos allá por 1998.
Nos acostábamos a las mil quinientas menos cuarto y a las ocho de la mañana —esas mañanas grises, plomizas— había que sacudirse las legañas porque nos esperaba siempre un autobús a cualquier otra parte de ese país que siempre parece estar ahí en medio. Ya casi me daba igual. Medio dormido en el autobús tenía la extraña sensación de llegar tarde al desayuno de ayer mientras se me enfriaba ya el de mañana. Pero son cosas de las giras, que pierdes un poco la noción del día, la hora y hasta del lugar que ocupas en cualquier parte de un mapa. Al menos yo, que por las mañanas me peino de memoria y cuando descubro que estoy despierto me encuentro al volante del coche ya frente al Palacio.

Decía que eso de los veinticinco años me da mucho que pensar. A veces creo que de algún modo formamos parte de la decoración y que si algún día la cosa cambia de sede a nosotros nos llevarán, junto con los armarios y las mesas, los muchachos de la mudanza. Y en ocasiones pienso que si me llegara a jubilar en mi puesto tendrán que venir a retirarme los del reciclaje pertrechados tras una enorme rasqueta.

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