Como un invitado

por javiervicius

Se lo decía esta mañana a ese buen muchacho que me ríe los días buenos y sufre con paciencia mis días malos: algún día tendré que escribir sobre esa gira del 98 por Alemania. El 98 fue un año de viajes interminables y de otras pesadillas personales que mejor olvidar. Recuerdo que en una de aquellas pausas para el café y la tortilla de media mañana llegué a comentarle al gerente la conveniencia de que, entre tanta gira y viaje, la empresa debería ofertar a sus trabajadores los servicios de un buen terapeuta o, en su defecto, los servicios amargos de un buen abogado.

Huracán Enrique Rojas, gerente en aquél entonces, no pareció entusiasmarle demasiado aquella salida de tono, aunque debo reconocer que casi nunca me las tomaba a mal. En realidad las cosas esas del “Vicius” —a él debo es fórmula— hasta le gustaban: recuerdo que, por lo general, disfrutaba mucho de mis impertinencias, mis ocurrencias y de algunas de mis gracias. Era justo lo que necesitaba un tipo como yo: una buena excusa y un público complaciente.

Decía que 1998 fue un año tan confuso con tanto viaje que llegué a tener la sensación de estar de visita cada vez que pasaba unos días en casa. Aquella sensación de estar como de prestado en cualquier parte la padezco en ocasiones, cuando después de días buenos, días peores y días malos amanezco de pronto con aquella sensación de no ser más que un simple invitado; es esa clase de días en los que pensar en comer aquello que más odie —como los riñones al jerez o las alubias estofadas— no puede ser peor que el día que llevo atravesado.