Volar, pensar, tal vez morir…

Vicius1998

Las canas apenas asomaban en mi cabeza como lo hacen ahora, pero viajaba con una historia de la filosofía en la mano, lo que demuestra que en mi primera gira por Alemania, en 1998, yo ya era todo un pedante.

Te digo que ahora no parece que tal cosa hubiese sido posible, pero algunas fotos demuestran que hubo un tiempo en que existió 1998. Éramos realmente jóvenes, pero no lo sabíamos como lo sabemos ahora que ya no lo somos. Esto parece que se está convirtiendo en algo habitual: que aquella vida de mierdecilla de aeropuerto en aeropuerto se nos aparece ahora con otra luz si la miramos desde la perspectiva en escorzo del paso del tiempo.

Aquella gira fue una locura. Recuerdo nuestro viaje de regreso en el vuelo charter de un avión un tanto oxidado al que se le averió el motor a unos minutos de su llegada a Alvedro. El comandante nos informó de la situación con la misma monotonía cansina con la que horas antes había informado del servicio de bar a bordo y explicado el sentido de unas nubes a nuestra derecha. Volamos entonces hacia el aeropuerto de Madrid, donde al parecer los servicios de emergencias y las funerarias están siempre mucho más preparadas para recopilar cadáveres.

Fue emocionante: una hora intensa prendidos en las alturas —casi podíamos tocar las alas de los ángeles de la guarda que quizá tenían día libre aquella fría mañana— en la que por primera vez en todo el viaje dejaron fumar en el avión para espantar los nervios. Los periodistas que viajaban con nosotros se apiñaron entonces al fondo del aparato, donde se pusieron a escribir las que quizá fuesen en unos minutos sus últimas crónica mientras aspiraban con furia los cigarrillos, como si la esperanza se encontrase allá en el fondo de sus colillas.

Y mientras el avión se acercaba con su peligro a Barajas pensé durante un instante que morir carbonizado en el trabajo agarrado con las uñas a una historia de la filosofía no era, en el fondo, nada más que una ironía de mierda.