Cartas a mamá (I)

por javiervicius

Para qué negarlo: yo no era tu favorito. Nunca lo fui aunque debo decir que comprendo que nunca fue del todo culpa tuya. Es que yo siempre fui muy difícil de querer. Ni yo mismo me lo explico, pero mi naturaleza excedía lo que se podía entender por la típica de un niño travieso. Sin embargo no me negarás que era yo el que siempre te hacía reír, en todo momento, a cada instante. Incluso a unas semanas de tu final todavía reías sin parar cuando te visitaba con mis pantalones vaqueros rotos. Apenas eras capaz de recordar lo esencial de mi vida (ni tan siquiera de la tuya) pero sí que aquellos eran los mismos pantalones de mi anterior visita, y me preguntabas entre divertida y acontecida si es que no tenía otros pantalones.

La última vez que los viste en casa me recordaste que el veterinario del pueblo “enpazdescanse” te decía que siempre vestías a tus hijos como príncipes y con un gusto excelente y yo te contesté que eso te lo decía un señor que se ganaba la vida metiendo su brazo por el culo a las vacas. Y te reías de mi ocurrencia y mi disparate como si no hubiera un mañana.

Era pequeño, muy pequeño, y ya en la consulta del oculista o del médico —el doctor Gallego, ¿recuerdas?, fui contigo las dos o tres primeras veces, pero como al final estaba en la consulta cada quince o veinte días terminaste por mandarme solo al médico como quien manda a su pequeño a por el pan y unas patatas, lo que para mí resultó toda una felicidad, porque siempre me quedaba con las cincuenta pesetas que me dabas para pagarle y que él jamás me aceptaba—, decía que en las consultas de tantos especialistas y doctores me gustaba montar el espectáculo contando chistes y haciendo el payaso: y claro, siempre terminaba siendo el centro de atención.

Sé que no era tu favorito, pero siempre te reías conmigo como con nadie: era irresistible. Supongo que era mi único recurso para llamar tu atención del resto de mis seis hermanos. Como era el penúltimo quedé en las aguas revueltas que dejaban los que ya estaban más o menos criados y el recién llegado, que era Santiago —Santi, Jasanti tantas veces y yo Sajavi—. Eso convirtió el espacio de mi infancia en tierra de nadie, zona franca que había que explorar y explotar y que con mi hiperactividad y mi descontrol recorría a placer y sin descanso. Y no te creas: el no tenerte pendiente de mis cosas todo el día tenía sus ventajas. Y claro: papá ni estaba ni se le esperaba… ya tú sabes…

¿Pero cómo podía ser yo tu favorito? Era mentiroso, me escapaba del colegio, me gastaba el dinero del bus en regaliz y después caminaba quilómetros y quilómetros, atravesando Orense con frío, con calor, con viento, para que pudieran robarme con espantosa regularidad el dinero. Pero yo era muy terco y seguía en mis trece y al menos me sirvió para trazar rutas inverosímiles entre nuestra casa y mi puto colegio.
Fíjate como era de atrevido con nueve años que una mañana, antes de salir al cole, te sisé cincuenta pesetas de la cartera. ¿Como imaginar que era el único dinero que papá te había dejado para la compra del día? A mi regreso te encerraste conmigo en el cuarto de baño y me montaste la marimorena mientras yo esperaba que en cualquier momento me arrojarías por el retrete y tirarías de la cadena. Pero no solo no lo hiciste si no que ni siquiera le contaste nada a papá, quien habría llamado de inmediato a la Guardia Civil, a la policía o a los bomberos para que me llevaran al reformatorio más cercano sin miramientos. Ya sabes: él era más de garrote vil y todo eso. Cinco minutos más tarde de aquella pequeña gran tragedia yo ya estaba tan feliz en otra parte con mi cabeza.

Recuerdo que en otra ocasión me gasté buena parte del dinero del transporte urbano y después me invadió una terrible pereza para tener volver a casa caminando, así que pedí en el kiosco que me cambiaran todo en monedas de a peseta para subirme al autobús y arrojar un buen montón de monedas diminutas para pasar el torno a toda prisa mientras el pobre conductor se paraba a contar moneda a moneda. Y cuando me gritó con muy mala leche “éh, chaval, que aquí falta dinero” le contesté desde el fondo del autobús “es que no tengo más”. Y aquí paz y después gloria, con mis dos huevos toreros. Así era yo, tu hijo. Parecía que nada se me resistía.

Fíjate si era gamberro que fingía estar enfermo para no ir a clase. Sé que mis sistemas eran realmente sofisticados —y ojo, en muchísimas ocasiones sí que estaba enfermo —lo sabes, claro que lo sabes— porque siempre tuve una mala salud excelente— pero creo que más de una vez hacías la vista gorda y me dejabas hacer pese a las advertencias de Iñaki: “pero mamá, ¿es que no ves que te la está pegando?”
¿Sabes cómo te engañaba? Me programaba para despertarme poco antes de que despertara toda la casa (todavía hoy no sé como lo hacía, porque ahora soy incapaz hasta de despertar a mi hora) y te llamaba con voz de ánima en pena. Entonces venías a toda prisa (al principio, claro, pronto comenzaste a tomártelo con otra calma) y en nada ya tenía el termómetro puesto… En cuanto te dabas la vuelta o ibas un momento a la cocina para ir preparando desayunos yo acercaba el termómetro al radiador que había al lado de mi cama y buscaba la temperatura perfecta para pasar una mañana más en casa.
Pero sí que estuve malito muchas veces. Recuerdo la varicela, las amigdalitis cada treinta días y todas aquellas inyecciones intramusculares (vamos, el clásico pinchazo de mierda en alguna parte de mi pobre trasero) y que tanto me dolían.
Recuerdo que una vez el doctor Gallego me puso en pelotas y boca abajo sobre su mesa de despacho: él sentado a un lado y tú al otro conmigo en medio con un termómetro clavado en mi culo como el palo diminuto de una bandera.

También recuerdo su máquina de rayos x, tras la que me examinaba con detalle con el aparato encendido durante minutos y minutos y mientras se demoraba en la exploración con aquellos rayos bombardeándome los átomos invisibles de mi alma.
¿Como podía ser tu hijo favorito teniendo entre tantos y tan buenos donde elegir? Tú me decías que los padres quieren por igual a todos los hijos… pero tú y yo ahora sabemos que eso no es cierto.

Ahora mismo debo dejarte porque, aunque ya no estés con nosotros, la vida sigue y aquí no se espera por nadie. Entre tanto, y a la espera de continuar con estas pobres letras, mando un impertinente saludo a los improbables psicólogos y psiquiatras que puedan leer algún día estas cartas que te iré escribiendo. Serán muy felices con todo lo que aquí se recuerda: que si Edipo esto, que si el doctor Freud aquello otro… Tú a lo tuyo, que ya tú sabes de psicólogos y psiquiatras y de lo nada que ayudaron a alguno de tus hijos cuando sus cuidados y consejos te hacían tanta falta. Ellos también tuvieron madres y es el modo sofisticado y perverso que tienen de ajustar sus cuentas.