Vicius No Direction Home

(on the road)

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El dedo y la luna

El mundo está lleno de marisabidillas, no digamos ya si hablamos de ese barrio que es twitter, donde en una ocasión alguien me dijo que yo era de esos que cuando le señalan la luna lo único que ve es el dedo. El puto dedo, diría yo. ¿Pero qué pasa si la luna te importa una puta mierda y lo único que quieres en la vida es ese dedo que se te escapa, un dedo perfecto, el dedo que siempre has estado buscando y que sabes que jamás será tuyo y que ahora mismo está ahí, perfecto, señalándote no sé qué absurda utopía colgada del cielo?

Das ist “Der Abschied”, Mutter

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Fue no hace mucho en Bilbao, y como no podía ser de otro modo sucedió con Mahler y su Das Lied von der Erde, el desolador lamento de quien lo ha dado todo y no ha recibido nada; la despedida definitiva de aquél al que el paso del tiempo le hizo perder lo poco que aún tenía.
Esa noche en Bilbao, con Mahler, entendí que debía dejarte marchar. Del todo. Esa noche en Bilbao, con Mahler, también dejé marchar muchas otras cosas de mi vida.

Unos días antes mi buen amigo Pablo se mostraba un tanto perplejo, confundido, leyendo estas cartas, pues estaba totalmente seguro de que yo no creía en el más allá… Y claro, le dije que efectivamente es algo en lo que no creo (aunque también es cierto que me extrañaría mucho descubrir que no hubiesen construido para ti tu propio cielo, en el que te estarían esperando con todos tus recuerdos).
Me preguntó entonces la razón de estas cartas, si estoy tan seguro de que no puedes leerme desde el cielo. Y lo cierto es que no supe muy bien qué contestarle, algo que, por otra parte, tampoco es que ahora mismo me preocupe demasiado: ya estoy en esa edad en la que no necesito explicaciones, disculpas o motivaciones para hacer lo que realmente me sale de los cojones.

Fíjate, empecé como un niño bueno escribiendo a su madre y mira ahora: deslenguado y desatado como el gamberro que de algún modo siempre he sido y al que tan bien conociste cuando me escapaba del colegio, o montaba esas historias delirantes que nunca supe si te las creías del todo. Bueno, tú me decías “eres de la piel del demonio”, ya tú sabes.
Es extraño: a pesar de no creer en el más allá (y en tantas ocasiones tampoco en el más acá… pero eso ya es otro cuento) sí tenía la vaga sensación de que me escuchabas o me leías… Y dándole vueltas y más vueltas he descubierto que tal vez lo hagas desde esa parte de ti que llevo siempre conmigo. Supongo que los humanos nunca morimos mientras haya alguien que todavía nos quiera o, al menos, nos recuerde.

A pesar de haber sido un hijo horrible y probablemente un marido mediocre quiero que sepas que, al menos, hago siempre todo lo posible y hasta lo imposible para ser un buen padre. Mi hijo es lo mejor que me ha pasado en la vida y soy muy afortunado por todo lo que me ha enseñado de mí mismo en todos estos años. No quiero hablarte de él porque es algo que quiero guardar siempre para mí solo, que no quiero compartir con nadie; únicamente decirte que es un honor ser su padre, aunque en muchas ocasiones tengo miedo de no ser para él el que realmente necesita y merece. Pero me esfuerzo. A cada instante. Todos los días de mi vida.

Cartas a mamá (III)

Desde que te fuiste esto se ha convertido en una locura. O más que en una locura, en un disparate. O mejor: desde que te fuiste el disparate que era esto ha quedado totalmente al descubierto.
Papá quiere empezar los trámites de canonización y yo le he dicho que vale, que así ya tenemos una excusa para viajar todos los hermanos a Roma. Porque la verdad es que ya no coincidimos todos juntos desde hace un montón de tiempo. Lo sabes: últimamente esta familia parecía un álbum de cromos de esos en los que siempre te falta uno para que esté completo.
Pero a lo que iba: esto de quedarse sin madre es un desmadre (supongo que después de todo de ahí viene la puta palabra).
Debo decir que estamos un tanto perplejos y desconcertados. Papá empieza ahora a descubrir la persona con la que estaba casado y no deja de sorprenderse: cada descubrimiento es para él todo un acontecimiento. Lástima que para ti todo esto llegue tan tarde. Pero en fin, es la cosa esta de irse y dejar atrás todo esto sin prácticamente dar tiempo al tipo a preguntar por ahí “pero entonces quién carajo era mi señora”.

He estado recopilando todas las fotos que había por casa, a ver si encuentro el tiempo y la paciencia para clasificarlo todo para que todos esos recuerdos no se pierdan. Y mira que había fotos por todas partes: en cajas de costura, en álbumes almacenados bajo montón de ropa vieja, en sobres disparatados con publicidad de seguros y hasta en el interior de una caja de puros en el que por un momento me pareció encontrar el resto consumido de uno de mis porros.

El señor con el que estabas casada pues más o menos en su línea de siempre, allá en Belén con los pastores, con lo de la canonización y todo eso. A ver si pronto haces un milagro y nos deja tranquilos, que esto promete convertirse en otra especie de circo y aquí ya tengo demasiadas pistas abiertas y ya sabes lo mal que llevan esto los señores y señoras de Podemos.

Yo no voy a escribir sobre eso

Yo no voy a escribir sobre eso. Supongo que soy más un soñador de textos que un escritor de libros. No seré recordado más allá de la memoria del afecto de los dos o tres parientes que supongo más cercanos, y quizá también se me llegue a recordar por todos los textos no terminados, por los proyectos empezados y al instante siguiente abandonados y por las ideas levemente dibujadas en un par de párrafos desbocados, una vez que la espiche y si alguien tiene el arrojo de echar un vistazo a los materiales de derribo dispersos en el trastero de mi portátil.

No voy a escribir aquí sobre Bob Dylan… preferiría no hacerlo, como decía Bartleby, a pesar de ser, como decía hace unos días Leonard Cohen, tan grande como el Everest, y de ser el autor que dio nombre a tantas cosas en mi vida y, cómo no, también a este puñetero blog. No escribo sobre la decepción que me producen quienes hablan de ello sin conocerlo y el cansancio infinito que me produce tanto griterío hueco.
No voy a escribir sobre la penitencia de tener que volver al lugar del que siempre quise salir pero al que regreso forzado por la desmemoria de un Alzheimer, aunque preferiría no hacerlo.
No voy a escribir sobre el Shakespeare y el Verdi del que hablé hace unos días en Vigo. La conferencia creo que estuvo bien, y durante unos días valoré la posibilidad de poner por escritos esos hallazgos improvisados. Pero al final me invade la pereza y la certeza de que, después de todo, preferiría no hacerlo.
Tampoco voy a escribir sobre la desdicha de una vida que se desmonta ladrillo a ladrillo, pieza a pieza, mientras observo el proceso impotente y perplejo. Y es cierto: en realidad prefiero no hacerlo.

Volar, pensar, tal vez morir…

Vicius1998

Las canas apenas asomaban en mi cabeza como lo hacen ahora, pero viajaba con una historia de la filosofía en la mano, lo que demuestra que en mi primera gira por Alemania, en 1998, yo ya era todo un pedante.

Te digo que ahora no parece que tal cosa hubiese sido posible, pero algunas fotos demuestran que hubo un tiempo en que existió 1998. Éramos realmente jóvenes, pero no lo sabíamos como lo sabemos ahora que ya no lo somos. Esto parece que se está convirtiendo en algo habitual: que aquella vida de mierdecilla de aeropuerto en aeropuerto se nos aparece ahora con otra luz si la miramos desde la perspectiva en escorzo del paso del tiempo.

Aquella gira fue una locura. Recuerdo nuestro viaje de regreso en el vuelo charter de un avión un tanto oxidado al que se le averió el motor a unos minutos de su llegada a Alvedro. El comandante nos informó de la situación con la misma monotonía cansina con la que horas antes había informado del servicio de bar a bordo y explicado el sentido de unas nubes a nuestra derecha. Volamos entonces hacia el aeropuerto de Madrid, donde al parecer los servicios de emergencias y las funerarias están siempre mucho más preparadas para recopilar cadáveres.

Fue emocionante: una hora intensa prendidos en las alturas —casi podíamos tocar las alas de los ángeles de la guarda que quizá tenían día libre aquella fría mañana— en la que por primera vez en todo el viaje dejaron fumar en el avión para espantar los nervios. Los periodistas que viajaban con nosotros se apiñaron entonces al fondo del aparato, donde se pusieron a escribir las que quizá fuesen en unos minutos sus últimas crónica mientras aspiraban con furia los cigarrillos, como si la esperanza se encontrase allá en el fondo de sus colillas.

Y mientras el avión se acercaba con su peligro a Barajas pensé durante un instante que morir carbonizado en el trabajo agarrado con las uñas a una historia de la filosofía no era, en el fondo, nada más que una ironía de mierda.

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