Vicius No Direction Home

(on the road)

Cartas a mamá (II)

Ya sabes que siempre fui un hijo atípico. Y no; no me gustaba tu flan, tan celebrado por otra parte por quienes lo probaban; tampoco soportaba el cabrito que, como le gustaba tanto a tu Iñaki, preparabas una Navidad si y otra también para espanto de mi estómago y lamento de mis ojos. La tortilla de patatas era un horror para el que no encuentro palabras y la ensaladilla rusa pues no sé qué decirte: me parecía de cualquier otra parte del mundo menos de Rusia.
Todo esto me hace pensar que al menos en eso Elena sí que ha tenido suerte conmigo aunque, como es habitual en estos casos, todavía no ha podido apreciarlo y disfrutarlo en toda su perfecta belleza y todo parece indicar que nunca lo hará. Ella no ha tenido que escuchar lo que otras esposas aguantan con paciencia oriental hasta que la mala leche les acaba de reventar por alguna otra parte con todo tipo de disparates tras aguantar durante años que si mi madre sí que sabe lo que es cocinar esto, que si sus lentejas aquello, que si su arroz con almejas lo otro… En general creo que al menos en esto sí que ha sido afortunada: piensa que hay muchísimos maridos que después de todo lo único que buscan en sus espsosas es una madre de repuesto y claro, así la cosa esta del matrimonio no puede funcionar en modo alguno.  Ya ves: como en tantas otras cosas de mi vida yo vivo siempre al otro lado del decorado.
Pero no te aflijas que no todo era tan malo: tu cocido gallego era en verdad de otro mundo y jamás he vuelto a disfrutar de empanadillas de carne como las tuyas. Al igual que a tu presencia, a tu buen humor, a tu paciencia y a ese corazón tan grande, también a ellas las echaré de menos.

Cartas a mamá (I)

Para qué negarlo: yo no era tu favorito. Nunca lo fui aunque debo decir que comprendo que nunca fue del todo culpa tuya. Es que yo siempre fui muy difícil de querer. Ni yo mismo me lo explico, pero mi naturaleza excedía lo que se podía entender por la típica de un niño travieso. Sin embargo no me negarás que era yo el que siempre te hacía reír, en todo momento, a cada instante. Incluso a unas semanas de tu final todavía reías sin parar cuando te visitaba con mis pantalones vaqueros rotos. Apenas eras capaz de recordar lo esencial de mi vida (ni tan siquiera de la tuya) pero sí que aquellos eran los mismos pantalones de mi anterior visita, y me preguntabas entre divertida y acontecida si es que no tenía otros pantalones.

La última vez que los viste en casa me recordaste que el veterinario del pueblo “enpazdescanse” te decía que siempre vestías a tus hijos como príncipes y con un gusto excelente y yo te contesté que eso te lo decía un señor que se ganaba la vida metiendo su brazo por el culo a las vacas. Y te reías de mi ocurrencia y mi disparate como si no hubiera un mañana.

Era pequeño, muy pequeño, y ya en la consulta del oculista o del médico —el doctor Gallego, ¿recuerdas?, fui contigo las dos o tres primeras veces, pero como al final estaba en la consulta cada quince o veinte días terminaste por mandarme solo al médico como quien manda a su pequeño a por el pan y unas patatas, lo que para mí resultó toda una felicidad, porque siempre me quedaba con las cincuenta pesetas que me dabas para pagarle y que él jamás me aceptaba—, decía que en las consultas de tantos especialistas y doctores me gustaba montar el espectáculo contando chistes y haciendo el payaso: y claro, siempre terminaba siendo el centro de atención.

Sé que no era tu favorito, pero siempre te reías conmigo como con nadie: era irresistible. Supongo que era mi único recurso para llamar tu atención del resto de mis seis hermanos. Como era el penúltimo quedé en las aguas revueltas que dejaban los que ya estaban más o menos criados y el recién llegado, que era Santiago —Santi, Jasanti tantas veces y yo Sajavi—. Eso convirtió el espacio de mi infancia en tierra de nadie, zona franca que había que explorar y explotar y que con mi hiperactividad y mi descontrol recorría a placer y sin descanso. Y no te creas: el no tenerte pendiente de mis cosas todo el día tenía sus ventajas. Y claro: papá ni estaba ni se le esperaba… ya tú sabes…

¿Pero cómo podía ser yo tu favorito? Era mentiroso, me escapaba del colegio, me gastaba el dinero del bus en regaliz y después caminaba quilómetros y quilómetros, atravesando Orense con frío, con calor, con viento, para que pudieran robarme con espantosa regularidad el dinero. Pero yo era muy terco y seguía en mis trece y al menos me sirvió para trazar rutas inverosímiles entre nuestra casa y mi puto colegio.
Fíjate como era de atrevido con nueve años que una mañana, antes de salir al cole, te sisé cincuenta pesetas de la cartera. ¿Como imaginar que era el único dinero que papá te había dejado para la compra del día? A mi regreso te encerraste conmigo en el cuarto de baño y me montaste la marimorena mientras yo esperaba que en cualquier momento me arrojarías por el retrete y tirarías de la cadena. Pero no solo no lo hiciste si no que ni siquiera le contaste nada a papá, quien habría llamado de inmediato a la Guardia Civil, a la policía o a los bomberos para que me llevaran al reformatorio más cercano sin miramientos. Ya sabes: él era más de garrote vil y todo eso. Cinco minutos más tarde de aquella pequeña gran tragedia yo ya estaba tan feliz en otra parte con mi cabeza.

Recuerdo que en otra ocasión me gasté buena parte del dinero del transporte urbano y después me invadió una terrible pereza para tener volver a casa caminando, así que pedí en el kiosco que me cambiaran todo en monedas de a peseta para subirme al autobús y arrojar un buen montón de monedas diminutas para pasar el torno a toda prisa mientras el pobre conductor se paraba a contar moneda a moneda. Y cuando me gritó con muy mala leche “éh, chaval, que aquí falta dinero” le contesté desde el fondo del autobús “es que no tengo más”. Y aquí paz y después gloria, con mis dos huevos toreros. Así era yo, tu hijo. Parecía que nada se me resistía.

Fíjate si era gamberro que fingía estar enfermo para no ir a clase. Sé que mis sistemas eran realmente sofisticados —y ojo, en muchísimas ocasiones sí que estaba enfermo —lo sabes, claro que lo sabes— porque siempre tuve una mala salud excelente— pero creo que más de una vez hacías la vista gorda y me dejabas hacer pese a las advertencias de Iñaki: “pero mamá, ¿es que no ves que te la está pegando?”
¿Sabes cómo te engañaba? Me programaba para despertarme poco antes de que despertara toda la casa (todavía hoy no sé como lo hacía, porque ahora soy incapaz hasta de despertar a mi hora) y te llamaba con voz de ánima en pena. Entonces venías a toda prisa (al principio, claro, pronto comenzaste a tomártelo con otra calma) y en nada ya tenía el termómetro puesto… En cuanto te dabas la vuelta o ibas un momento a la cocina para ir preparando desayunos yo acercaba el termómetro al radiador que había al lado de mi cama y buscaba la temperatura perfecta para pasar una mañana más en casa.
Pero sí que estuve malito muchas veces. Recuerdo la varicela, las amigdalitis cada treinta días y todas aquellas inyecciones intramusculares (vamos, el clásico pinchazo de mierda en alguna parte de mi pobre trasero) y que tanto me dolían.
Recuerdo que una vez el doctor Gallego me puso en pelotas y boca abajo sobre su mesa de despacho: él sentado a un lado y tú al otro conmigo en medio con un termómetro clavado en mi culo como el palo diminuto de una bandera.

También recuerdo su máquina de rayos x, tras la que me examinaba con detalle con el aparato encendido durante minutos y minutos y mientras se demoraba en la exploración con aquellos rayos bombardeándome los átomos invisibles de mi alma.
¿Como podía ser tu hijo favorito teniendo entre tantos y tan buenos donde elegir? Tú me decías que los padres quieren por igual a todos los hijos… pero tú y yo ahora sabemos que eso no es cierto.

Ahora mismo debo dejarte porque, aunque ya no estés con nosotros, la vida sigue y aquí no se espera por nadie. Entre tanto, y a la espera de continuar con estas pobres letras, mando un impertinente saludo a los improbables psicólogos y psiquiatras que puedan leer algún día estas cartas que te iré escribiendo. Serán muy felices con todo lo que aquí se recuerda: que si Edipo esto, que si el doctor Freud aquello otro… Tú a lo tuyo, que ya tú sabes de psicólogos y psiquiatras y de lo nada que ayudaron a alguno de tus hijos cuando sus cuidados y consejos te hacían tanta falta. Ellos también tuvieron madres y es el modo sofisticado y perverso que tienen de ajustar sus cuentas.

Yo no voy a escribir sobre eso

Yo no voy a escribir sobre eso. Supongo que soy más un soñador de textos que un escritor de libros. No seré recordado más allá de la memoria del afecto de los dos o tres parientes que supongo más cercanos, y quizá también se me llegue a recordar por todos los textos no terminados, por los proyectos empezados y al instante siguiente abandonados y por las ideas levemente dibujadas en un par de párrafos desbocados, una vez que la espiche y si alguien tiene el arrojo de echar un vistazo a los materiales de derribo dispersos en el trastero de mi portátil.

No voy a escribir aquí sobre Bob Dylan… preferiría no hacerlo, como decía Bartleby, a pesar de ser, como decía hace unos días Leonard Cohen, tan grande como el Everest, y de ser el autor que dio nombre a tantas cosas en mi vida y, cómo no, también a este puñetero blog. No escribo sobre la decepción que me producen quienes hablan de ello sin conocerlo y el cansancio infinito que me produce tanto griterío hueco.
No voy a escribir sobre la penitencia de tener que volver al lugar del que siempre quise salir pero al que regreso forzado por la desmemoria de un Alzheimer, aunque preferiría no hacerlo.
No voy a escribir sobre el Shakespeare y el Verdi del que hablé hace unos días en Vigo. La conferencia creo que estuvo bien, y durante unos días valoré la posibilidad de poner por escritos esos hallazgos improvisados. Pero al final me invade la pereza y la certeza de que, después de todo, preferiría no hacerlo.
Tampoco voy a escribir sobre la desdicha de una vida que se desmonta ladrillo a ladrillo, pieza a pieza, mientras observo el proceso impotente y perplejo. Y es cierto: en realidad prefiero no hacerlo.

Volar, pensar, tal vez morir…

Vicius1998

Las canas apenas asomaban en mi cabeza como lo hacen ahora, pero viajaba con una historia de la filosofía en la mano, lo que demuestra que en mi primera gira por Alemania, en 1998, yo ya era todo un pedante.

Te digo que ahora no parece que tal cosa hubiese sido posible, pero algunas fotos demuestran que hubo un tiempo en que existió 1998. Éramos realmente jóvenes, pero no lo sabíamos como lo sabemos ahora que ya no lo somos. Esto parece que se está convirtiendo en algo habitual: que aquella vida de mierdecilla de aeropuerto en aeropuerto se nos aparece ahora con otra luz si la miramos desde la perspectiva en escorzo del paso del tiempo.

Aquella gira fue una locura. Recuerdo nuestro viaje de regreso en el vuelo charter de un avión un tanto oxidado al que se le averió el motor a unos minutos de su llegada a Alvedro. El comandante nos informó de la situación con la misma monotonía cansina con la que horas antes había informado del servicio de bar a bordo y explicado el sentido de unas nubes a nuestra derecha. Volamos entonces hacia el aeropuerto de Madrid, donde al parecer los servicios de emergencias y las funerarias están siempre mucho más preparadas para recopilar cadáveres.

Fue emocionante: una hora intensa prendidos en las alturas —casi podíamos tocar las alas de los ángeles de la guarda que quizá tenían día libre aquella fría mañana— en la que por primera vez en todo el viaje dejaron fumar en el avión para espantar los nervios. Los periodistas que viajaban con nosotros se apiñaron entonces al fondo del aparato, donde se pusieron a escribir las que quizá fuesen en unos minutos sus últimas crónica mientras aspiraban con furia los cigarrillos, como si la esperanza se encontrase allá en el fondo de sus colillas.

Y mientras el avión se acercaba con su peligro a Barajas pensé durante un instante que morir carbonizado en el trabajo agarrado con las uñas a una historia de la filosofía no era, en el fondo, nada más que una ironía de mierda.

Como un invitado

Se lo decía esta mañana a ese buen muchacho que me ríe los días buenos y sufre con paciencia mis días malos: algún día tendré que escribir sobre esa gira del 98 por Alemania. El 98 fue un año de viajes interminables y de otras pesadillas personales que mejor olvidar. Recuerdo que en una de aquellas pausas para el café y la tortilla de media mañana llegué a comentarle al gerente la conveniencia de que, entre tanta gira y viaje, la empresa debería ofertar a sus trabajadores los servicios de un buen terapeuta o, en su defecto, los servicios amargos de un buen abogado.

Huracán Enrique Rojas, gerente en aquél entonces, no pareció entusiasmarle demasiado aquella salida de tono, aunque debo reconocer que casi nunca me las tomaba a mal. En realidad las cosas esas del “Vicius” —a él debo es fórmula— hasta le gustaban: recuerdo que, por lo general, disfrutaba mucho de mis impertinencias, mis ocurrencias y de algunas de mis gracias. Era justo lo que necesitaba un tipo como yo: una buena excusa y un público complaciente.

Decía que 1998 fue un año tan confuso con tanto viaje que llegué a tener la sensación de estar de visita cada vez que pasaba unos días en casa. Aquella sensación de estar como de prestado en cualquier parte la padezco en ocasiones, cuando después de días buenos, días peores y días malos amanezco de pronto con aquella sensación de no ser más que un simple invitado; es esa clase de días en los que pensar en comer aquello que más odie —como los riñones al jerez o las alubias estofadas— no puede ser peor que el día que llevo atravesado.

 

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